El idioma analítico de John Wilkins y el problema del universo homogéneo

John Wilkins, hacia 1664, intentó formar un idioma general que organizara y abarcara todos los pensamientos humanos. Propuso un sistema de lengua artificial filosófica de uso universal basado en caracteres reales, que pudieran ser leídos por todos los pueblos en su propia lengua.  El idioma de Wilkins es distinto a otros intentos de unificar las lenguas en el sentido de que la mayor parte de los proyectos anteriores derivaban la lista de los caracteres del diccionario lingüístico de una lengua concreta, en vez de referirse a la naturaleza de las cosas. En cambio, el idioma de Wilkins nace como una clasificación ontológica del universo. Así, no es el reflejo de operaciones lingüísticas, ni de derivaciones de otros idiomas, sino una taxonomía directa del mundo real. En su diccionario, Wilkins dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

Ahora bien, en tanto lengua universal, el mundo real que el idioma de Wilkins pretende clasificar no es un mundo particular y finito, sino el universo entero. Esto supone necesariamente, como escribe Umberto Eco en En busca de la lengua perfecta,  una “colosal recensión del saber (tanto de las ideas generales como del saber empírico) para separar las nociones elementales comunes a todo ser racional”.

Sin entrar en cuestiones filosóficas acerca de la imposibilidad de conocer la naturaleza misma de las cosas, y evitando planteos escépticos sobre la dificultad de concebir nociones comunes a todo ser racional, cabe hacer el siguiente planteo. Jorge Luis Borges escribe que  “[…] notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. […] Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico unificador, que tiene esa ambiciosa palabra.” Asimismo, Eco recuerda que no se plantea en Wilkins el problema de que pueblos de otras culturas puedan haber organizado el universo de otra manera (visión homogénea del universo según el saber oxoniense de su época). Así, la clasificación del mundo real de Wilkins parte de un supuesto hoy no aceptable: No sólo supone la existencia de un universo homogéneo, sino la posibilidad de encontrar en toda la humanidad iguales criterios de clasificación del mundo.

Una posible solución a este problema podemos encontrarla en Las palabras y las cosas, de Michel Foucault. Su argumento es básicamente el siguiente. Los códigos fundamentales de una cultura fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos dentro de los cuales se reconocerá. No existe ninguna semejanza, ninguna distinción que no sea resultado de la aplicación de un criterio previo. Así, pues, el lenguaje, producto de esos códigos fundamentales, y criterio de conocimiento, permite al pensamiento llevar a cabo un ordenamiento de los seres. Cabe pensar, pues, que este ordenamiento será distinto en cada cultura, puesto que parten de códigos disímiles. No obstante, una cultura puede librarse de los órdenes empíricos que le prescriben sus códigos primarios y darse cuenta de que éstos órdenes no son los únicos posibles ni los mejores, de que existen por debajo de sus órdenes cosas que en sí mismas son ordenables, en suma, de que, anterior a las palabras y a las percepciones que la traducen con mayor o menor exactitud, existe una experiencia desnuda del orden y sin modos de ser (Foucault, Las palabras y las cosas). Esto lleva a concebir un orden independiente a los sujetos cognoscentes, sobre el que se podría fundar una clasificación objetiva y universal de las cosas. El lenguaje de aquella clasificación, como el de John Wilkins, sería el reflejo de un mundo real homogéneo, uniforme, susceptible de un solo tipo de clasificación universal.

No obstante, se puede objetar lo siguiente. Cualquier ser humano sólo conoce a través de sus sentidos. Dado que los sentidos marcan el límite de la consciencia, y dado que el funcionamiento de los sentidos es producto de los códigos fundamentales propios de la cultura del individuo, aquel orden estable y objetivo no es asequible para el intelecto sino a través de mecanismos filtrados y condicionados por un modo de percibir particular. Es imposible imaginar un individuo que, arrancándose la piel, acceda a ese orden sin el prisma de sus sentidos. Entonces, es dable concluir que dos individuos de distintas culturas, armados de diferentes aparatos cognitivos y códigos primarios, aprehenderán aquel orden de diferentes maneras. Si bien esto no niega la existencia del orden que propone Foucault, si imposibilita su aprehensión objetiva y universal.

 Todo esto nos lleva a afirmar que el universo no es homogéneo o, por lo menos, que su esencia ordenada no es asequible para nosotros. De esto se desprende que, tal como Borges sostiene, toda clasificación del universo es arbitraria y conjetural. Quizá porque no sabemos qué cosa es el universo, o quizá simplemente porque no podemos acceder a su esencia ordenada, a aquel orbe exacto y perfecto que alguna vez soñó Platón.

El idioma analítico de John Wilkins, por  Jorge Luis Borges »

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