Seres digitales: ¿camino a la eternidad?

Imagen de Steve Cutts.

Ray Kurzweil, gurú de Google en inteligencia artificial, aseguró que para 2045 los hombres alcanzarán la “inmortalidad” al traspasar su mente a una computadora. Un especialista analizó para Infobae las implicaciones tecnológicas, sociales y morales del posible avance.

La idea de la muerte a veces angustia y otras veces funciona como una razón para vivir con mayor intensidad. “La vida es corta” es uno de los clichés que se repite cuando alguien duda en torno a tomar una decisión crucial. Pero ¿qué pasaría si la vida dejara de ser tan corta? ¿Qué pasaría, más bien, si la existencia no tuviera un punto final?

Es que uno de los ingenieros estrella de Google, Ray Kurzweil, predijo: “En alrededor de 30 años los humanos seremos capaces de cargar nuestras mentes completas a computadoras y, de ese modo, convertirnos en digitalmente inmortales”. Un suceso al que dio nombre de “singularidad”.

Pese al rigor habitual de Kurzweil en sus predicciones, son muchos los científicos que desestimaron tal posibilidad por considerar la complejidad del cerebro humano inimitable. Se calcula que nuestro cerebro tiene trillones de conexiones entre 86 billones de neuronas. Para replicar la mente en forma digital habría que detectar cada una de estas conexiones; algo que hoy está muy lejos de ser posible.

Entrevista a Santiago Koval realizada por Maxi Fernández para el diario Infobae el 12 de julio de 2016.

¿De qué se trata el Algoritmo de Dios?

La idea del Algoritmo de Dios se vincula con teoría de juegos: se refiere al mínimo de movimientos o pasos necesarios para resolver un problema determinado, por ejemplo, armar el cubo de Rubik. Yo lo aplico al desarrollo técnico al pensarlo como aquella fórmula matemática que subyace a la conciencia, es decir, que explicaría o daría lugar al surgimiento de una entidad consciente.

La idea de inmortalidad digital: ¿es verdaderamente viable en un futuro no muy lejano?

Si entendemos por inmortalidad digital la persistencia de la conciencia más allá de la muerte a partir de una descarga de las redes neuronales del cerebro a un sistema informático, creo que estamos todavía muy lejos de lograrlo, y esto por razones más conceptuales que técnicas. Primero, no sabemos qué cosa es la conciencia, ni cómo funciona, ni por qué existe; segundo, no sabemos si es posible reducir el “contenido mental” de esa conciencia al sustrato físico que suponemos que lo genera (el sistema nervioso central); tercero –y más importante– no sabemos si seremos capaces de eliminar el cuerpo biológico sin provocar, en el mismo acto, la muerte de esa conciencia que pretendemos liberar.

De ser así, ¿cómo describiría esa especie de eternidad?

De ser posible, el sujeto experimentaría una suerte de muerte física y una posterior “resurrección” en un cuerpo mecánico, mejor dicho, en un no-cuerpo: un sustrato electrónico que haría las veces de cuerpo para su mente, una mente que ha resultado entonces emancipada. Probablemente, abrir los ojos a esa nueva realidad sería una experiencia desconcertante (acaso, ominosa). Primero, porque no habrá referencias físicas (no habrá sentidos, colores, sabores, sonidos, distancias, espacios, dimensiones, tiempo); segundo, porque no habrá dolor ni placer, al menos no en la forma en la que nos los representamos actualmente; tercero, porque, en principio, no habrá límites para nuestras capacidades intelectuales: según proponen sus defensores (empresarios, magnates, tecnólogos, etc.), podremos realizar cualquier actividad mental sin esfuerzo alguno.

¿Cambiaría nuestra concepción de la muerte?

Sin duda. En Occidente, hemos pensado la muerte como el final de un proceso vital, un final inexorable, más allá del cual la existencia caduca o se transforma en otra cosa: sea en una vida eterna en el paraíso, sea en una agonía en el infierno, sea en un terruño lleno de gusanos y putrefacción. En todo caso, alcanzar la inmortalidad nos llevaría a repensar gran parte de las preguntas que nos han definido como seres humanos: ¿qué es la realidad?, ¿qué es la vida?, ¿qué es el tiempo?, ¿qué es la conciencia?, ¿qué es el ser? En particular, a pensar que la muerte es sencillamente un estado de la materia, pero no de la conciencia: supondremos, entonces, que la conciencia no es materia, o que prescinde de ella para existir. Nos definiremos, entonces, como semidioses; nos pensaremos como seres espirituales que han trascendido, por fin, la prisión de la carne.

¿Cuáles son los principales obstáculos que se presentan para que escanear el cerebro sea posible?

Se me ocurren por lo menos dos obstáculos vinculados: primero, no sabemos si la mente está solo en el cerebro, es decir, partimos de un problema no menor en tanto estaríamos intentado escanear algo cuya localización es todavía incierta. Segundo, aunque supongamos que la mente está realmente en el cerebro, registrar el astronómico caudal de información que circula por él implicaría contar con un soporte técnico con idéntica complejidad estructural: un cerebro “positrónico” de iguales características al original, que permitiría entonces el registro, no solo de su estructura o composición, sino de cada modificación aleatoria que haya sufrido desde su nacimiento.

¿Considera ético el posthumanismo partiendo de la base de que sería trascender la naturaleza humana?

Hay varias cuestiones en esta pregunta. Primero, la ética es una construcción humana. Como tal, resulta de sistemas de valores con un fuerte arraigo cultural. Quiero decir: la ética es algo relativo. Plantearse la cuestión de la ética sobre algo que es una decisión humana solo puede llevarnos al terreno de la relatividad; a dar respuestas que dependen del punto de vista de un observador históricamente situado. Podría dar mi opinión sobre el tema, pero solo estaría reflejando mi propia subjetividad. Más interesante me parece preguntarse por la cuestión acerca de si algo humano puede verdaderamente trascender a la naturaleza humana. La tecnología es una creación del hombre. Es decir, es humana: forma parte (o es una extensión) de su naturaleza. Agregarnos o quitarnos cosas a nuestra propia biología por medio de artefactos que nosotros mismos hemos creado no nos hace trascender absolutamente nada. Solo nos lleva a perpetuar nuestra ceguera respecto de lo que es el Universo, y respecto de la insignificante posición que ocupamos en él. La verdadera trascendencia no tiene nada que ver la tecnología.

Imagen de Steve Cutts.