Anomia: ¿orden o caos?

Convergencia (Jackson Pollock, 1952).

El hombre quiere concordia, pero la Naturaleza sabe mejor lo que le conviene a su especie y quiere discordia.

Immanuel Kant, “¿Qué es la Ilustración?”

Por Verónica Gandini*.

 

  1. Introducción

Los seres humanos tienden habitualmente a ser partícipes de situaciones anómicas que se presentan en el día a día. Muchas veces, no sabemos reconocerlas con facilidad, pero basta con echar un vistazo a nuestro entorno y reflexionar para ser conscientes de ellas y sus efectos en la sociedad. El siglo XXI, siglo de la posmodernidad, tecnología y globalización, nos acerca cada vez más a estas conductas anómicas que lo que queremos admitir. Desde sus inicios, el concepto de anomia ha sido utilizado con una connotación negativa para hacer referencia, en general, al estado de irregularidad de una sociedad enferma y perturbada, incapaz de cumplir con su función de freno moral al individuo. La corrupción, los desórdenes mentales, las adicciones y hasta los crímenes son solo algunos ejemplos que ilustran la anomia. La falta de normas o la “no regla” son frecuentes acepciones que caracterizan negativamente a este término. Sin embargo, ¿es esta la única concepción posible? ¿Puede considerarse a la anomia desde un punto de vista positivo? ¿Es la anomia capaz de proporcionar adelanto y progreso, o solo es caos y desequilibrio?

Principalmente, en estas cuestiones se centrará el siguiente trabajo y se intentará demostrar, mediante argumentos de diferentes autores, cómo la anomia es necesaria para poder prosperar en distintos ámbitos de la vida. En primer lugar, se definirá el concepto según las distintas perspectivas de los autores que abarcaron el tema, y se lo aplicará en el desarrollo de teorías filosóficas que respaldan su aspecto positivo. Y en segundo lugar, se considerarán los posibles contraargumentos a la tesis principal que podrían presentarse dadas las limitaciones del trabajo.

2.1 Anomia ordinaria

Como ha sido mencionado, el carácter negativo del término anomia no es fácil de ignorar. La Real Academia Española (2014), en consonancia con esta visión, define a la anomia como la ausencia de ley, lo que tiende a pensarse como algo malo en lo cotidiano. Sin embargo, es menester comprender la lógica opuesta para entender el surgimiento y el desarrollo de fenómenos presentes hoy en día.

Por un lado, Durkheim (2004) introduce a la anomia como un estado de irregularidad en el que las pasiones de los hombres se encuentran menos disciplinadas en el preciso momento en que tendrían necesidad de una disciplina más fuerte. Toda la actividad humana está contenida y reglamentada por la sociedad que ejerce un freno moral y social sobre los individuos; y según este autor: “…este estado de quebramiento es excepcional; no tiene lugar sino cuando la sociedad atraviesa alguna crisis enfermiza” (p. 269). Asimismo, Merton (1980) establece que las estructuras sociales son las que ejercen una presión definida sobre ciertas personas de la sociedad para que sigan una conducta inconformista (1980, p. 210). Sostiene que si una sociedad le da plena importancia a sus objetivos dejando de lado los medios institucionalizados, se produce un desequilibrio o inestabilidad llamada anomia. Ambos sociólogos, presentan la anomia como una situación grave en la que los individuos poseen conductas desviadas, sin norma reguladora de por medio, que deben revertir para el bienestar social. Sin embargo, como veremos en el desarrollo, no todas las situaciones anómicas presentan escenarios negativos.

2.2. Dialéctica entre anomia y progreso, un enfoque filosófico

Immanuel Kant (1724-1804).

Para comenzar, Kant (1981) explica cómo la Naturaleza, diseñadora regular y monótona, plantea una finalidad suprema para los hombres: el desarrollo pleno de todas sus disposiciones. El medio del que se sirve para llevar a cabo esta finalidad es el antagonismo entre disposiciones dentro de la sociedad. El hombre es un ser social que tiende a socializar para reafirmar su condición de hombre; pero también tiende a individualizarse (aislarse) en virtud de su afán de dominio y codicia. El hombre en sociedad se enfrenta a otros que no puede soportar –por su cualidad de querer doblegar todo a su mero capricho y a quienes no puede dejar de prescindir ya que no puede desarrollar todas sus destrezas al mismo tiempo–. El antagonismo de disposiciones es justamente esta insociable sociabilidad que impulsa a los hombres a salir de la pereza y el conformismo, los impulsa a competir y a superarse. Según Kant: “así se dan los auténticos primeros pasos desde la barbarie hacia la cultura (…) de este modo van desarrollándose poco a poco todos los talentos…” (p. 38). Sin la insociabilidad, la ruptura de reglas y de lo establecido, los talentos quedarían eternamente ocultos y, consecuentemente, la finalidad suprema de la Naturaleza no podría ser posible.

A medida que avanza la Historia, el hombre (en tanto ser racional, social e histórico) va aprendiendo a organizarse y a transformar la tosca disposición natural hacia el discernimiento ético en principios prácticos determinados y, finalmente, aborda un consenso social surgido patológicamente en un ámbito moral. Poco a poco es que el hombre va aprendiendo a ser hombre y mejora sus condiciones: en un primer momento, ve a su semejante como instrumento de dominación para alcanzar sus ambiciones, luego ambos se reconocen en tanto entidades morales y establecen normas; en un segundo momento, se transgreden dichas normas y se designa un árbitro para hacer cumplir las reglas establecidas, pero como este árbitro también es hombre, se aprovecha de su poder y es tirano; finalmente, se limita a la autoridad mediante una constitución que, si bien no se cumple en muchas ocasiones sirve para identificar a quien hace lo que no debe (1981, p. 28). Para Kant, “el mayor problema para la especie humana (…) es la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho” (p. 39). Es este último momento, la formación de una constitución civil perfectamente justa que regule al hombre en asociación, lo que probablemente resulte más difícil ya que este tiende a ir en busca de su salvaje libertad todo el tiempo, sin dejar de lado a sus pares a quienes necesita simultáneamente. En síntesis:

Toda la cultura y el arte que adornan a la humanidad, así como el más bello orden social, son frutos de la insociabilidad, en virtud de la cual la humanidad se ve obligada a autodisciplinarse y a desarrollar plenamente los gérmenes de la Naturaleza gracias a tan imperioso arte (p. 40).

De esta forma es que la anomia se hace presente permitiendo la evolución: toda guerra o enfrentamiento supone un intento de promover mejorías en las relaciones entre los países; toda crisis o revolución supone un aprendizaje y, consecuentemente, desarrollo. Únicamente luego de haber padecido estas situaciones, los hombres abandonarán el estado salvaje y alcanzarán un nivel supremo de moralidad. Este avance dialéctico es el que garantiza la concordia, paz y seguridad en el marco legal de una constitución civil –sujeta a rupturas y modificaciones que permitirán acercarse cada vez más a la ideal.

2.3. Egoísmo y convivencia

Desde una misma perspectiva, Mandeville (en Avaro, 2003) sostiene que el hombre es un ser movido por el egoísmo y la vanidad, por pasiones primarias e impulsivas. Estas pasiones son para el autor el principal motor de la industria y el comercio; teniendo en cuenta el contexto iluminista en el que escribía, la industria y el comercio significaban todo para el desarrollo humano. En su libro y, más específicamente, en el capítulo “Vicios privados, beneficios públicos”, anuncia la idea de que la existencia de la sociedad no es producto de la amabilidad de los hombres, ni mucho menos de sus virtudes por la razón y el desinterés. Sostiene que “el mal es el principio que ‘nos hace criaturas sociables, es la base sólida, la vida y el sustento de todos los oficios’” (Avaro, 2003, p. 32).

En relación con este filósofo, posteriormente Adam Smith contribuye con su teoría filosófica y económica a lo desarrollado. Este economista inglés, basándose en la idea del hombre económico, presenta la metáfora de la mano invisible “como mecanismo que convierte al interés individual en un ‘instrumento’ del bien general” (Avaro, 2003, p. 28). A grandes rasgos, esta metáfora alude a la capacidad autorreguladora del mercado, es decir, a obtener el mejor bienestar social a través de la búsqueda del propio interés.

De esta manera, ambos economistas se muestran en consonancia con la teoría kantiana expuesta. Por su lado, Smith argumenta en su conocida frase que no es de la benevolencia del carnicero, ni del cervecero o del panadero sino del fomento de sus propios intereses que se obtienen las cosas necesarias y útiles en la vida (1941, p.19).

En general, los autores hacen hincapié en el mal como estímulo necesario para generar el bien, en la idea del bien como subproducto de conductas egoístas. Y es esto último a lo que prestamos importancia en este trabajo. La anomia, la ruptura de reglas, es justamente el liberar pasiones, ambiciones en función del interés individual de cada uno. En sintonía con Durkheim, la sociedad como reguladora del hombre marca a las pasiones un objetivo y un término, establece una reglamentación que, si el hombre es “respetuoso (…) y dócil a la autoridad colectiva, es decir, si tiene una sana constitución moral, siente que no esta bien exigir más” (2004, p. 266). Sin embargo, ¿qué progreso podría conseguirse si el hombre permanece en su zona de confort, en armonía y serenidad, sin experiencia y errores que lo hagan superarse? Considerando la dialéctica entre egoísmo y sociabilidad, Smith respondería:

La convivencia es la fuente única de moralidad. Las reglas morales se forman inductivamente. No aprobamos o condenamos los actos en particular porque al examinarlos resulten estar de acuerdo o no con alguna regla general. Por lo contrario, la regla general se forma a través de la experiencia, la cual nos descubre que se aprueban o reprueban todos los actos de determinada especie (1941, p. 25).

El establecimiento de reglas, de una “constitución civil adecuada” en términos kantianos, es constante y cada vez dicha constitución es más acertada al plan de la Naturaleza. El hombre sobrepasa la normativa que rige la sociedad en pos de sus ambiciones, incrementa sus necesidades en la medida en que se sabe capaz de proveerse de dicha satisfacción. Durkheim, en su distinción entre el hombre prudente y el ambicioso, indicaría que el segundo es infeliz: “el hombre que siempre lo ha esperado todo del porvenir (…) no tiene nada en su pasado que le consuele contra las amarguras del presente, porque el pasado no contiene para él más que una serie de etapas atravesadas con impaciencia” (2004, p. 274). Contrariamente, Kant (1981) según su teoría sostendría que la Naturaleza no busca la felicidad, sino que se desarrollen todas las disposiciones (técnicas y morales o institucionales). A cambio le brinda al hombre la posibilidad de la dignidad, que si bien no es compensación suficiente a la felicidad, contribuye al progreso, al continuar actuando racionalmente para mejorar las condiciones y, finalmente, proveer a las generaciones futuras de un legado mayor que lo que lograría el prudente.

  1. Conclusión

En este trabajo, hemos sido capaces de demostrar que la anomia, concebida cotidianamente como algo negativo, puede interpretarse desde una lógica diferente. Valiéndonos de las teorías de grandes filósofos iluministas, demostramos el aspecto positivo de la anomia, su carácter esencial en el desarrollo y evolución de la humanidad.

En el primer apartado, se presentó la anomia como comúnmente es concebida, mediante las definiciones de Durkheim y Merton. En estas, la connotación negativa del término es fácil de percibir y comprender. Luego, se demostró la anomia desde una visión opuesta, a partir de teorías filosóficas que respaldaron la tesis del trabajo. De esta manera, las ideas de Kant, Mandeville y Smith concuerdan en que el hombre es por naturaleza egoísta y, a la vez, sociable. Son justamente estas cualidades opuestas las que se complementan de forma dialéctica dando lugar a la evolución y el desarrollo de todas las disposiciones. Si el hombre no fuese ambicioso y persiguiese sus propios intereses, la competencia no sería posible y, consecuentemente, todos los talentos no podrían desarrollarse.

La Naturaleza dotó al hombre de razón, que no es meramente una disposición más, esta es capaz de potenciar otras disposiciones al mismo tiempo. Teniendo esto en cuenta, es necesario que el curso dialéctico de la historia sea posible, de no ser así, nos estaríamos perdiendo de todo lo novedoso que el porvenir nos asegura.

  1. Referencias bibliográficas

Avaro, D. (2003). La maldición de Adam Smith. Buenos Aires, Argentina: Libros del Zorzal.

Smith, A. (1941). Teoría de los sentimientos morales. México: El Colegio de México.

Durkheim, E. (2004). Introducción. En El suicidio (pp. 1-7 y 262-278). Buenos Aires, Argentina: Ed. Libertador.

Kant, E. (1981). ¿Qué es la Ilustración? e Idea de una historia universal en sentido cosmopolita. En Filosofía de la historia. México, FCE.

Merton, R. (1980) Estructura social y anomia. En Teoría y estructura sociales (pp. 209-239). México, México: Fondo de cultura económica.

Anomia. (2014). En Diccionario de la lengua española (23ª edición). Recuperado de http://buscon.rae.es/drae/srv/search?id=6EiJ5papaDXX2Bjjm0Ac%7CpEp9aRsHnDXX2UlLeZ4E

 

* Monografía escrita en 2016 por Verónica Gandini para la materia Escritura y Prácticas Discursivas Universitarias, dictada por la Dra. María Marta García Negroni, en la Universidad de San Andrés (UdeSA).