Eric Sadin: la siliconización del mundo

Por Santiago Koval.

Eric Sadin es un filósofo y ensayista francés de unos 40 años, que llega puntualmente a su charla con el pelo largo y revuelto, camisa blanca y traje rayado color bordó. Con mirada punzante y talante de escritor del siglo XVI, ofrece en francés sus dos presentaciones, ambas partes de una misma idea fundamental: por un lado, “Inteligencia Artificial: el superyó del siglo XXI”, a las 22 h; y, por otro, “La siliconización del mundo”, a la 1.00. Sus dos charlas se realizan en la Sala Federal en La noche de la filosofía, celebrada el sábado 24 de junio por la noche en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires, que convocó, entre otros representantes de la filosofía local, a pensadores internacionales de la talla de Georges Didi-Huberman y Slavoj Žižek.

Hay algo que está claro, comienza a decir Sadin: vivimos en un mundo hiperconectado por medio de superficies y plataformas que cruzan nuestras vidas cotidianamente, invaden nuestros cuerpos y nos conducen a transitar existencias continuamente asistidas por dispositivos y artefactos omnipresentes. Estamos, pues, ante un ideal de civilización muy definido: el de una humanidad aumentada.

El ideal de humanidad aumentada se basa en la noción de que Dios ha cometido un error con nosotros: nos ha hecho incompletos, inconclusos, insuficientes. La tecnología –mejor dicho, la propuesta técnico-económica de nuestro tiempo–, dice Sadin, ha venido milagrosamente a resolver entonces todos nuestros problemas.

Este ideal civilizatorio que se ha implantado como esquema deseable para nuestra existencia proviene del ejercicio muy sutil y constante que han realizado desde hace años los medios de comunicación masivos, las empresas multinacionales y, también, los gobiernos en todas las regiones del mundo.
En este contexto, la “siliconización del mundo” (vale decir, la constitución del modelo técnico-económico de Silicon Valley como modelo globalmente aceptado) asume el vigor de un esquema social de carácter universal que organiza la vida personal y profesional del mundo “civilizado”.

Este modelo –explica Sadin–, se basa, en primer lugar, en una “organización algorítmica automatizada”, definida por una cuantificación de los seres humanos, reducidos hoy a simples datos alojados en enormes bases electrónicas que son propiedad de empresas y organismos privados. Esta forma de organización da lugar a que toda la vida social pueda ser gobernada por una administración digital (incluso –ejemplifica–, hay software utilizado actualmente para el diagnóstico y la prescripción de medicamentos o tratamientos médicos. Allí, la Inteligencia Artificial formula un discurso que no es dicho por alguien, sino que se trata de un enunciador automatizado, robótico y no-humano que “toma una decisión” acerca del curso que debe seguir la vida de un ser humano).

En segundo lugar, el modelo civilizatorio basado en la siliconización del mundo se observa en otro fenómeno mundialmente aceptado: la mercantilización de la vida. Nuestros datos, interacciones y modos de vida atravesados y filtrados a todo momento por las superficies y plataformas técnicas son apreciados hoy, casi exclusivamente, por su valor comercial. Incluso nosotros, nuestras imágenes y representaciones, estamos siendo presentados como objetos o productos con carácter comercial.

La siliconización del mundo, explica Sadin, se celebra entonces como un modelo no solo deseable, sino además insuperable: una forma luminosa del más exacerbado tecnocapitalismo que se recibe con fuegos artificiales gracias a sus “virtudes igualitarias” y sus promesas de “libertad de acceso”.

Esta siliconización del mundo opera mediante misioneros que han llegado para colonizar el planeta con las ideas irradiadas desde el corazón mismo de Silicon Valley: los “startuppers”, los “colaboradores creativos”, los “autoemprendedores autónomos”, los “think tanks”, las incubadoras de proyectos, incluso las Universidades, todos y cada uno de ellos multiplicados ahora en todos los continentes como los nuevos evangelizadores del futuro.

Aquí hay algo central, remarca Sadín: sin que nos demos cuenta, las “tecnologías facilitadoras”, las superficies y dispositivos técnicos que conforman la “economía de datos y de plataformas”, nos están conduciendo a una forma de vida que no tiene un fin político, sino mercantilista y global, destinado únicamente a satisfacer intereses privados.

Porque el problema de los proyectos luminosos que nos llegan como discursos de luz y salvación desde los medios de comunicación y desde las voces de sus misioneros y evangelizadores radica en que estamos llevando a cabo y permitiendo la realización de la versión más extrema del positivismo: un “antihumanismo radical” que atenta contra la libertad de decisión y contra la capacidad de juzgar de los individuos.

Las tecnologías llamadas “de lo exponencial”, según argumentan sus entusiastas defensores, nos van a liberar de nuestra pobre condición y conducirnos hacia una vida mejor. Sin embargo, razona Sadin, lo que hay detrás de “lo exponencial” no es tanto la idea de algo que aumenta cada vez más rápidamente. Más bien, el avance de lo exponencial debe entenderse hoy como “la muerte de nuestra capacidad política”.

El ser humano es un ser divergente. Que se define por su variedad. Por su pluralidad constitutiva. Es un ser que vive socialmente en conflicto, en disidencia. Un ser multidimensional con un cuerpo multisensorial que habita una cultura multifacética. Aceptar el modelo de la siliconización del mundo, el de las tecnologías exponenciales, en suma, el modelo de la “convergencia”, supone aniquilar todo aquello que nos hace humanos; supone, entonces, la muerte de la política.

Es necesario que seamos bien conscientes del control y dominio que está ejerciendo hoy el tecnoliberalismo sobre nuestras vidas. Y es preciso y urgente también comenzar a plantear contrafuerzas, puntos de quiebre o de resistencia: el futuro de nuestra civilización humana depende en gran medida de la movilización ciudadana y política que emprendamos en los próximos 10 o 15 años. Luego, concluye Sadin, será ya demasiado tarde.