Hace unos años, en el Zeitgeist 2006, Larry Page, co-fundador de Google Inc., aseguró que el objetivo final de Google para su motor de búsqueda era conseguir que sea capaz de entender cualquier cosa que solicite el usuario y que pueda buscar la información correcta de forma instantánea. Un motor de búsqueda que sepa exactamente lo que uno está buscando, que pueda entender las preguntas que se le hacen incluso mejor que uno mismo, y que pueda encontrar exactamente la información correcta y “responder” instantáneamente.

“La gente siempre asume que ya hemos hecho todo lo posible en las búsquedas. Están muy lejos de la realidad. Probablemente estamos a solo el 5 por ciento del camino para llegar al final. Queremos crear el motor de búsqueda definitivo que pueda entender cualquier cosa … alguna gente puede llamarlo inteligencia artificial”, afirmó Page en una entrevista realiza ese mismo año.

Como siempre, la ciencia ficción se adelanta a la ciencia real, y en 1968 Stanley Kubrick llevó a la pantalla grande a HAL 9000 (la sigla HAL se forma por las letras que preceden a la sigla IBM, y significa Heuristically programmed ALgorithmic computer). Se trata de una supercomputadora dotada de inteligencia artificial que domina por completo la nave espacial Discovery, tripulada por seres humanos que se dirigen al Planeta Júpiter, por motivos que solo HAL conoce.

Un sistema de inteligencia artificial es actualmente el mayor exponente de la mimesis del cerebro. Se trata de una máquina compleja compuesta, por lo general, por un código de programación (software) combinado con un soporte o sustrato físico (hardware).

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Ensayo escrito por Inés Bertrani para la materia Taller Multimedia, de la Universidad Argentina de la Empresa.

INTRODUCCIÓN

¿Podrán las máquinas antropomorfas en un futuro igualar o incluso superar a la inteligencia humana? En las últimas décadas, los discursos científicos y cinematográficos acerca de las nuevas tecnologías han generado una controversia acerca de la posible llegada de una “singularidad tecnológica”, expresada en el surgimiento de seres tecnológicos como el androide y el poshumano. Sin embargo, nuestra tesis de trabajo es que las máquinas jamás podrán superar al hombre, debido a que la mente humana es una estructura compleja, irreducible a fórmulas matemáticas, por ende no replicable. Así, negamos la posibilidad de una “singularidad tecnológica”, y el surgimiento de una inteligencia artificial dura, superior a la humana.

“Lo que necesitamos es generar herramientas que mejoren a las instituciones y que a su vez puedan crear herramientas más efectivas. Lo que quería [en 1951] (y lo que sigo buscando) es superar el coeficiente intelectual colectivo, hacernos más capaces.”

Douglas Engelbart.

En 1951, Douglas Engerlbart, nacido en 1925, dejó por completo todo lo que estaba haciendo para centrarse de lleno en el mundo de los ordenadores, y dedicó su existencia entera a desarrollar herramientas que aumentasen la capacidad y productividad humanas, proyecto de vida que le llevaría en 1968 al desarrollo de un dispositivo que revolucionaría la informática: el mouse o ratón.

Este dispositivo, que fue concebido inicialmente como un indicador de la posición x-y en la pantalla del ordenador para facilitar su manejo al usuario, como un intermediador entre la máquina y el hombre sin necesidad de comunicar al pc mediante instrucciones u órdenes, está inspirado en las ideas de Vannevar Bush (As we may think), quien en 1945 ya soñaba con “navegar” entre hipertextos con su máquina Memex.

El término ciborg, contracción lingüística de las voces inglesas cybernetic y organism, remite a un ser humano cuyo organismo ha sido sometido a un proceso de invasión tecnológica que le ha permitido, en algún sentido, superar las barreras biológicas, físicas y mentales de su propia naturaleza. Se trata de un ser originalmente humano que ha comenzado a adquirir atributos y propiedades antes reservadas a las máquinas, y se ha acercado a los productos de su propia tecnología. El ciborg es una entidad de naturaleza mixta, una criatura híbrida del imaginario cultural ubicada a mitad de camino entre la biología y la tecnología, hecha de máquina y humano, de carne y metal, de carbono y silicio, de genes y código binario.

La mitología cinematográfica asociada al imaginario ciborg nace tímidamente en 1935 en el filme “Las Manos de Orlac” (Stephen Orlac es un pianista impelido a actuar criminalmente por el influjo de las manos biológicas de un asesino que son implantadas quirúrgicamente en su organismo), continúa su rumbo en 1958 en “El coloso de Nueva York” (el cerebro de Jeremy Spenser, un prestigioso científico muerto en un accidente automovilístico, es insertado en un enorme cuerpo mecánico que opera como extensión física de sus capacidades mentales) y alcanza cierta madurez en 1964 en el filme “Dr. Strangelove” (el doctor Strangelove, ex científico nazi y asesor del presidente norteamericano, no logra controlar el impulso de un brazo mecánico implantado en su cuerpo que revela sus intenciones fascistas). Estos primeros filmes, limitados por la técnica pero prematuros en conceptos, reflejan desde el origen los miedos y fantasías asociados a la inclusión de extensiones artificiales en el organismo, y preparan de forma primitiva el imaginario vinculado a estas nuevas posibilidades técnicas.

En los últimos años se ha desarrollado un nuevo paradigma sobre el futuro del hombre que comenzó a tomar forma en un grupo de científicos dedicados a la investigación en áreas como computación, neurología, biotecnología, nanotecnología y otras tecnologías de punta.

Terminator 4 salvation: The future begins

El jueves 4 de junio de 2009 es el estreno del filme que cierra la famosa saga Terminator, iniciada en 1984 con Terminator, continuada en 1991 con Terminator 2: Judgement day, y en 2003 con Terminator 3: The rise of the machines. Las dos primeras versiones fueron dirigidas por James Cameron, y la tercera por Jonathan Mostow. La nueva versión, Terminator 4 (Terminator salvation: The future begins), dirigida por  Joseph “McG” McGinty Nichol, trancurre en 2018, un mundo dominado por Skynet, programa informático dotado de inteligenia artificial creado por Cyberdyne Systems Corporation, una red autoconsciente que es capaz de controlar el arsenal militar de los Estados Unidos sin la participación humana.

«Los hombres hemos aspirado desde la Antigüedad a crear seres artificiales. Durante siglos el arte y la tecnología han contribuido a alimentar la ilusión de que se trata de un anhelo realizable. Santiago Koval, en este sugerente y documentado libro, indaga con fina inteligencia el modo en que el cine de ciencia ficción, desde la fundacional Metrópolis de 1926, ha reflejado y ayudado a moldear el imaginario moderno sobre robots, androides, ciborgs y poshumanos, renovado por la aceleración del desarrollo tecnocientífico que se produjo a finales del siglo XX». Dr. Diego Levis

La tecnología es el motor del cambio humano. Su evolución marca el ritmo de las civilizaciones, pero su influjo solo asume verdadera fuerza cuando viene acompañado por otra capacidad humana, que la precede y condiciona a todo momento: la imaginación. La proyección imaginaria, expresada por lo general en la forma de discurso, es el verdadero engranaje del desarrollo del medio social. Combinadas, tecnología e imaginación, forman una poderosa usina de transformación de lo real que ha ejercido presión sobre la cultura desde la noche de los tiempos.

El desarrollo tecnocientífico regula los límites de lo realizable (lo que se puede hacer), el discurso imaginario, las fronteras de lo concebible (lo que se puede pensar). El uno y el otro, retroalimentados y articulados íntimamente por la trama infatigable de la historia, despiertan en el seno social fantasías y aspiraciones de realidad entre lo posible y lo pensable, que se despiertan una y otra vez en el ideario colectivo.

Los hombres-máquinas ya no son personajes exclusivos de la ciencia ficción. Piernas y brazos artificiales, marcapasos, anteojos, autos, computadoras y demás prótesis, además de potenciar capacidades físicas, instalan una nueva forma de ser.

Jerry Jalava, Oscar Pistorius, Rob Spence, Nadya Vessey, Neil Harbisson, Kevin Warwick, Sterlac, Eduardo Kac, Jaime del Val y muchos más que, como la mayoría de la gente de este planeta, no salen en los diarios ni asomaron sus caras en la web pero que, aún así, están por ahí: personas hasta cierto momento “comunes y corrientes” que día a día destrozan los límites y las definiciones y confirman que o bien el ser humano está en vías de extinción o bien que se está convirtiendo en este mismísimo instante en otra cosa. ¿Por qué? Porque ellos (y ellas) son cyborgs, Robo sapiens o algo más que no comprenden del todo. Sólo saben que son distintos (pero no tanto). Que sus cuerpos se fundieron con aquellas herramientas forjadas para hacer más, ver más, querer más y que no pueden vivir sin ellas como la mayoría de las personas no conciben vivir sin un brazo, una pierna, una mano hasta que irrumpe una tragedia y altera todos los puntos de apoyo.

Yo, cyborg - Diario Critica Digital - Santiago Koval La condicion poshumana

Queriéndolo o no, adoptaron para sí una categoría inventada en 1960 por el neurofisiólogo e inventor Manfred E. Clynes y el psicofarmacólogo Nathan S. Kline para referirse a futuros y plausibles seres humanos “mejorados” con un fin adaptativo: sobrevivir en entornos extraterrestres. Y al tomar la palabra “cyborg” (fusión de organismo cibernético) como segundo apellido, la hicieron (tecno)cuerpo: dejaron de ver a las tecnologías protésicas como objetos-reemplazo y las incorporaron a su entorno corporal.