En este nuevo escenario mundial al que hemos sido arrojados en cuestión de semanas, las mismas preguntas resuenan, una y otra vez, en la conciencia colectiva: ¿qué ocurrirá si la pandemia (tal como fue declarada por la OMS el 11 de marzo) provocara muertes masivas en todas partes del mundo, diezmando en ello a la población mundial? ¿Podrá ponerse freno al avance del virus? ¿Habrá un segundo brote en países que parecen haber comenzado a levantar cabeza? ¿Tendrán lugar mutaciones cada vez más letales? ¿Es un virus natural o fabricado? ¿Somos víctimas de una conspiración? ¿A qué abismo se encamina el mundo? ¿Estamos ante un final de etapa?

Entre las muchas lagunas o agujeros negros que se ocultan bajo la fascinación con que nos entregamos al uso de las tecnologías, y en concreto a las dedicadas a la información y la comunicación, se destaca el impacto de nuestro uso del factor técnico sobre el medioambiente.