La grande bellezza (Paolo Sorrentino, 2013)

Por Santiago Koval.

Jep Gambardella (un enorme Tony Servillo) tiene a Roma a sus pies: Roma, ciudad imperio, un estado del alma, a decir de Fellini. A sus 65, Jep ha vivido toda una vida. Bon vivant, alegre, encantador y galante; amante del buen beber y del buen comer, y del buen el sexo, en todas sus formas. En sus caminatas de madrugada por el cauce del Tiber, Jep se enamorará, una y otra vez, de la sencilla y poderosa belleza de la vida.

Jep duerme de día. De noche, se enreda en fiestas y cenas de la alta società, a lo Marcello Mastroianni en La Dolce Vita. A conciencia, ha decidido habitar el vacío de la mundanidad; rodeado por la liviandad de esos cuerpos grotescos; por ese carnaval de espectros desvencijados que vagan en busca del tiempo perdido.

Es que Jep, en el mejor momento de su ocaso, ha sabido ser un escritor consagrado en sus años mozos (gracias a su primera y única novela, El aparato humano) y, desde entonces, no ha podido (no ha querido) volver a escribir. Y se ha dedicado, conforme los vaivenes de la modernidad neoliberal, a disfrutar de la existencia en su frívola simpleza, en su fatuidad ególatra y vanidosa, en su más superficial y yerma expresión posible.

Ganadora en 2013 al Oscar a la mejor película extranjera, La grande belleza se destaca por su cámara ingrávida, flotante, y por su despliegue escénico y visual, exacerbada expresión de la grandilocuencia narrativa que tanto define a Paolo Sorrentino (Il divo, 2008; La giovinezza, 2015). La música, claro, es el otro gran protagonista: resuenan las sinfonías orquestales y los cantos gregorianos, pero también el remix del hit setentero Far L’Amore, a cargo de Bob Sinclair y Raffaella Carrá, sobre el que danzarán los cuerpos sexagenarios excitados y sudorosos.

Heredera digna de los grandes realizados italianos, acaso el mejor cine del mundo, la propuesta de Sorrentino es una sinfonía coral, manifestación suprema del arte en toda su elocuencia.